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Oriana Fallaci: frente al espejo

 

Sé que en un debate televisivo sobre La fuerza de la razón [el anterior libro de Oriana Fallaci], alguien dijo: "La Fallaci vive en el pasado. Es una antifascista al viejo estilo". ¡Idiota! Aparte del hecho de que además de no tener color el fascismo no tiene edad, si hay una persona que está enraizada en el presente, ésa soy yo. Al pasado me refiero para buscar un término de comparación, para advertir. Para recordar a los desmemoriados que la Historia se repite y que al no conocerla nos jode, que...

–¿Qué le pasa? ¿Se siente mal otra vez?

–No, no. Sólo un poco. Quizás esté un poco cansada. Quizá sea el Otro, que se defiende de mis anticuerpos. O quizá sea la vejez, que avanza. Pero me gusta, la vejez. Me divierte. Son tontos los que la rechazan y para rechazarla se hacen liftings, se visten de veinteañeros y mienten sobre su edad. Tontos e ingratos. Se lo dije incluso a los dos amigos que tras la publicación de La rabia y el orgullo vinieron a Nueva York a entrevistarme. La entrevista no se la di, no. Pero los invité a cenar, y en un momento determinado les dije que la vejez es una bellísima edad. La edad de oro de la Vida. No tanto porque la alternativa sea morir sin conocer el lujo de aquel privilegio, sino porque es la época de la Libertad. De joven creía ser libre. Pero no lo era. Me preocupaba por el futuro, me dejaba influenciar por un montón de cosas o de personas, y en la práctica no hacía más que obedecer. A los padres, a los profesores, a los directores de periódicos donde trabajaba ya a los dieciocho años... De adulta creía ser libre. Pero no lo era. Me preocupaba todavía el futuro, me dejaba condicionar por los juicios malévolos, temía las consecuencias de mis decisiones... Hoy ya no las temo. Los juicios malévolos no me condicionan ya, el futuro ya no me preocupa. ¿Por qué debería preocuparme? Ya ha llegado. Y liberada de inútiles deseos, de superfluas ambiciones, de erradas quimeras, me siento libre como nunca lo he sido. Libre con una Libertad completa, absoluta. Además la vejez es bellísima porque de viejos se comprende lo que de jóvenes e incluso de adultos no se había entendido. Porque con las experiencias, las informaciones, los razonamientos que hemos acumulado, todo se clarifica. Mucho más claro. Algunos llaman a esto sabiduría. Y si soy sabia no lo sé. A menudo lo excluyo. Lo que sí sé es que gracias a las experiencias, a las informaciones, a los razonamientos, mi cerebro ha mejorado como un buen vino tinto. Intensificó su sabor, absorbió las energías que el resto del cuerpo ha ido perdiendo. No es que sea escandalosamente vieja, entendámonos. Juego un poco con el tema de la edad. Es mi coquetería. Pero el Otro me consume, a veces no me tengo en pie. Y, como dije al principio de nuestra charla, cuando no me tengo en pie pienso mejor. Estudio mejor, trabajo mejor. Es como si la fuerza de mis piernas, de mis brazos, de mis pulmones se transfiriese a mi cabeza. Y esto me llena de tal felicidad que nunca pienso "Me-gustaría-volver-atrás, recomenzar-de-cero". Como mucho, sabiendo que no duraré demasiado, exclamo: "¡Precisamente ahora! Dios, qué despilfarro. La muerte es un despilfarro".

–Es un despilfarro también tener dentro de un disquete ochocientas páginas a las que llama "mi hijo", es decir, la larga novela que interrumpió el 11 de septiembre.

–Lo sé. Porque está vivo ese hijo. Bien vivo. Tan vivo que en mi cerebro se mueve como un feto en el vientre. Moviéndose me llama, me reclama, me echa en cara sus derechos hasta destrozarme el corazón, y en cada una de esas ocasiones daría el alma para sacarlo fuera del cajón. Retomarlo, concluirlo. Pero el Once de Septiembre me ha robado realmente a mí misma, y lo que sucede desde entonces me envuelve más que una viscosa tela de araña. Cada hilo de la red, un lazo que me aprisiona, me pega a la tragedia en la que estamos viviendo. El islam ávido, rastrero, ambiguo. Su hambre y su sed de conquistar, de sojuzgar. Su culto a la Muerte, su placer por la Muerte. Su doblez y su deslealtad. Occidente ciego, sordo, chocho. Su cáncer moral e intelectual, su debilidad, su timidez. Su masoquismo. Mi deber de hablar de todo ello, de decir lo que la gente piensa pero no dice. Deber al que obedeceré mientras tenga un aliento. Y mi hijo es un hijo que vive en un mundo demasiado diferente del de hoy. Vive en el mundo de nuestro pasado, de los tiempos en los que sonaban las campanas y se viajaba en carroza. Y en los que se creía en la patria, en el honor, en los que se iba al patíbulo por la Libertad. Es también un hijo muy complejo, muy exigente. Rebosa de personajes que nadan en el mar de la Historia y al mismo tiempo vuelan en los cielos de la fantasía. Como tal requiere concentración absoluta, la serenidad que me bendecía cuando me ocupaba exclusivamente de él y lo demás no me interesaba. ¿Cómo hago, hoy, para ocuparme exclusivamente de él ignorando la realidad que me circunda? Estamos en guerra. Una guerra que no queríamos, que no querríamos, pero que el enemigo nos ha declarado y que por consiguiente tenemos que hacer. Una guerra que se alarga cada día, que cada día corre el riesgo de aniquilarnos, y que por lo tanto me atañe incluso personalmente. Haberme criminalizado e incluso demonizado no les basta a los hijos de Alá y a sus cómplices. Su más vivo deseo es taparme la boca para siempre, matarme antes de que me mate el Otro. Y si bien de este argumento hablo poco porque hablar de él me aburre, en la viscosa tela de araña también existe ese lazo. Un lazo por el cual tengo que guardarme siempre la espalda, desconfiar de cualquier sombra y de cualquier ruido, ser protegida y tener la escopeta cargada al lado de la cama. Pero si resisto, terminaré a mi hijo. Lo pariré. Créame: si muriese el instante después de haber escrito la última página, moriría feliz.

–Esto me ayuda a plantearle la pregunta final. Una pregunta muy difícil. Brutal y difícil.

–Coraje, hágamela.

–¿Tiene miedo a la muerte?

–No es una pregunta brutal, no es una pregunta difícil. Yo se lo pregunté tantas veces a los demás. Por ejemplo a Hailé Selassié, el emperador de Etiopía, cuando lo entrevisté en su palacio de Addis Abeba. Pobre Hailé Selassié. Era viejísimo ya y se enfadó como una fiera. "Quelle mort, qué muerte, quelle mort?", gritaba. Al oírlo chillar sus perritos, tres chihuahuas que tenía sobre las rodillas, me saltaron encima y al fotógrafo incluso le mordieron una pantorrilla. Después chillando "Partez-fuera-partez", Su Majestad nos echó. Hizo que sus guardias nos arrojasen al parque contiguo a la sala del trono, y Jesús. Había un león, en el parque. El león más grande que haya visto jamás. Y rugía. Bueno, al día siguiente descubrimos que era un león amaestrado. Que pasaba el día comiendo filetes, que nunca comía a la gente. Pero en aquel momento no lo sabíamos y temblábamos como hojas al viento. "¿Qué hacemos ahora, adónde vamos?", balbuceaba el fotógrafo. "Acércate a él, intenta hacerle una caricia en el morro", respondía yo con una voz destrozada. "Vete tú, házsela tú la caricia en el morro", replicaba él, enfurecido. Y en un momento determinado me empujó hacia adelante para que se la hiciese de verdad. Entonces el león dejó de rugir, se acostó, bostezó con aspecto de mascullar sois-dos-cretinos, y poco a poco llegamos a la verja de salida. Nos fuimos pensando que para tratarnos así Su Majestad debía tener un gran miedo a la muerte. Yo no. No se lo tengo. La conozco demasiado bien. La conozco desde niña, cuando corría bajo las bombas de la Segunda Guerra Mundial y saltaba por encima de los cuerpos de la gente que no había corrido lo suficiente. La conozco porque la he frecuentado, ay de mí. En demasiados sitios y de demasiadas formas. En México, por ejemplo, cuando me ocurrió lo que ya sabe. En Vietnam, en Camboya, en Bangladesh, en Jordania, en el Líbano, cuando era corresponsal de guerra y siempre me metía en algún combate o en otras situaciones terribles. En mi corazón, cuando mataron a Alekos Panugulis y cuando el cáncer se llevó a mi madre y a mi padre y a mi hermana Neèra y al tío Bruno. Y por fin ahora, gracias a la enfermedad y a los que no les basta haberme criminalizado e incluso demonizado. Quiero decir: a fuerza de frecuentarla, de sentirla a mi alrededor y sobre mí, trabé con ella una extraña familiaridad. Y la idea de morir no me da miedo.

–¿De verdad?

–De verdad. No cuento mentiras. Soy demasiado orgullosa para contar mentiras. ¿Además, qué habría de indigno, de degradante, en admitir que la Muerte me horroriza como horrorizaba a Hailé Selassié? Se lo confieso con serenidad: en vez de miedo siento una especie de melancolía, una especie de desazón que a veces incluso ofusca mi sentido del humor. Me disgusta morir, sí. Y nunca olvido lo que Anna Magnani me dijo hace muchos años. "¡Oriana mía! ¡No es justo morir, dado que hemos nacido!" Tampoco olvido que esa injusticia les ha tocado a miles de millones de seres humanos antes que a mí, que tocará a miles de millones de seres humanos después de mí. Pero no por eso deja de disgustarme. Amo con pasión la Vida, ¿me explico? Estoy demasiado convencida de que la Vida es bella incluso cuando va mal, que nacer es el milagro de los milagros, vivir el regalo de los regalos. Aunque se trate de un regalo muy complicado y pesado. A veces, doloroso. Y con la misma pasión odio la Muerte. La odio más que a cualquier otra persona, y hacia el que le rinde culto siento un profundo desprecio. También por eso siento tanto desprecio por nuestros enemigos. Por los cortadores de cabezas, por los kamikazes, por sus partidarios. El hecho es que aun conociéndola bien no entiendo a la Muerte. Sólo entiendo que forma parte de la Vida y que sin el despilfarro que llamo Muerte no habría Vida.

En alguna parte de la Toscana, verano de 2004.

Texto: Oriana Fallaci

Tomado de
/www.lanacion.com.ar

 

..."La verdadera explicación de este mundo, sea cual fuere la del otro, es el amor, no la filosofía alemana."...OSCAR WILDE...

 
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